Durante los primeros años de desarrollo, es común que los niños produzcan palabras que no existen o mezclen sonidos de formas que pueden sonar curiosas para los adultos. Lejos de ser un signo de alarma inmediato, estas variaciones suelen formar parte del proceso natural de adquisición del lenguaje. El cerebro infantil está en plena construcción de conexiones fonológicas, semánticas y motoras, y mientras integra todos estos sistemas, los errores son parte inevitable —y esperada— del camino. La ciencia confirma que los niños no aprenden el lenguaje de manera lineal, sino a través de aproximaciones progresivas que van afinándose con la experiencia, la repetición y la interacción cotidiana.
Los errores fonológicos típicos, como sustituciones, omisiones o simplificaciones, han sido ampliamente descritos en la literatura. Ingram (2007) y Stoel-Gammon (2011) señalan que los niños suelen aplicar “procesos fonológicos” para poder producir palabras que aún les resultan complejas. Decir “sesa” en lugar de “fresa”, “tata” en lugar de “casa” o inventar un vocablo propio para referirse a un objeto es parte de este sistema de aproximaciones. No se trata de falta de habilidad, sino de estrategias naturales que utilizan mientras su aparato articulatorio y su memoria fonológica se desarrollan.
Inventar palabras también es un comportamiento frecuente. Puede ocurrir cuando el niño aún no domina el término correcto o cuando intenta nombrar algo que no recuerda en ese momento. Este fenómeno está relacionado con el crecimiento del vocabulario y con la necesidad de comunicarse aun cuando el léxico disponible es limitado. Responde también a su capacidad simbólica y creativa, que crece rápidamente entre los 18 meses y los 4 años. Desde una mirada del desarrollo, la creación espontánea de palabras suele indicar que el niño está intentando organizar su lenguaje y ampliar su repertorio comunicativo, lo cual es una señal positiva de intención de comunicación.
Sin embargo, existe una diferencia entre los errores esperados y aquellos que requieren una evaluación profesional. La persistencia de ciertos procesos fonológicos más allá de la edad esperada puede ser un indicador de un trastorno del sonido del habla. Por ejemplo, la omisión constante de sonidos iniciales, la dificultad notable para imitar palabras, la falta de progreso a lo largo de varios meses o la creación de palabras tan frecuentes que dificultan la comprensión del niño por parte de familiares cercanos son señales de alerta. Estudios como los de Dodd et al. (2003) han demostrado que los perfiles fonológicos atípicos requieren intervención específica, y que la detección temprana mejora significativamente los resultados.
También es importante observar si el niño acompaña estas producciones con gestos, contacto visual, juego simbólico y comprensión adecuada del lenguaje. Cuando la invención de palabras viene acompañada de dificultades para seguir instrucciones simples, falta de interés comunicativo o problemas evidentes en la interacción social, es recomendable realizar una evaluación más completa. El lenguaje es un sistema complejo que involucra comprensión, expresión, fonología y funciones cognitivas; por ello, cualquier duda persistente debe ser consultada con un profesional especializado.
Desde la intervención del lenguaje, trabajamos tanto en la claridad articulatoria como en el fortalecimiento del vocabulario, la precisión fonológica y la organización del lenguaje. A través de juegos estructurados, modelado constante, retroalimentación adecuada y prácticas basadas en evidencia, acompañamos al niño para que sus producciones se vuelvan cada vez más claras y funcionales. Cuando la intervención es oportuna, los avances suelen ser rápidos y muy visibles para las familias, especialmente en la comunicación diaria.
Si eres mamá o papá y observas que tu hijo inventa muchas palabras, mezcla sonidos constantemente o parece tener dificultades para hacerse entender, no es necesario entrar en alarma, pero sí es recomendable aclarar tus dudas con una evaluación profesional. Acompañar al niño en esta etapa puede marcar una gran diferencia en la fluidez, precisión y seguridad con la que se comunicará en el futuro.














