En los últimos años, el uso de pantallas por parte de bebés y niños pequeños se ha vuelto prácticamente inevitable. Tablets, celulares, televisores y hasta juguetes interactivos forman parte del día a día familiar. Sin embargo, mientras la tecnología avanza a un ritmo acelerado, el desarrollo del cerebro infantil mantiene sus reglas: necesita interacción humana, turnos conversacionales y experiencias reales para construir lenguaje. En 2025, la evidencia científica continúa señalando que no son las pantallas en sí mismas el problema, sino cómo, cuánto y para qué se utilizan.
Estudios longitudinales como el de Madigan y colaboradores (2019, DOI: 10.1001/jamapediatrics.2018.5056) han demostrado una asociación consistente entre el exceso de tiempo frente a pantallas y retrasos en hitos del desarrollo, especialmente en lenguaje expresivo. La razón es sencilla: el cerebro del niño menor de tres años aprende a hablar imitando voces reales, gestos, miradas y turnos conversacionales. Nada de eso ocurre cuando el niño mira una pantalla de forma pasiva, por más educativo que sea el contenido. La American Academy of Pediatrics (AAP, 2020) también ha reiterado que la interacción social es el principal motor del desarrollo lingüístico, y que el tiempo de pantalla no sustituye la conversación real, la lectura compartida ni el juego.
En 2025, los estudios más recientes no se enfocan únicamente en si las pantallas “son malas” o “son buenas”, sino en entender qué condiciones minimizan el impacto negativo y potencian el aprendizaje. La evidencia actual indica que los niños no aprenden lenguaje de forma eficiente directamente desde las pantallas, a menos que haya un adulto acompañando, comentando lo que se ve y guiando la experiencia. Weisleder y Fernald (2013, DOI: 10.1111/cdev.12073) demostraron que la cantidad de “palabras dirigidas al niño” y los turnos conversacionales son los factores más determinantes en el crecimiento del vocabulario. Cuando el uso de pantallas reduce estas interacciones, el desarrollo del lenguaje se ve afectado.
El tipo de contenido también es clave. Investigaciones recientes han encontrado que los programas rápidos, con cambios bruscos de escena, estímulos intensos o narrativas poco coherentes, dificultan la atención, la memoria de trabajo y la habilidad del niño para extraer significado del lenguaje. Por el contrario, el contenido de ritmo lento, con lenguaje claro y acciones predecibles, puede apoyar el aprendizaje si se utiliza en compañía de un adulto que añade explicaciones, conecta con la vida diaria y fomenta la participación del niño.
Sin embargo, incluso con contenido adecuado, la interacción humana sigue siendo insustituible. El desarrollo del lenguaje no depende de recibir información, sino de participar en intercambios. Los bebés aprenden porque sus cuidadores responden a sus miradas, ajustan su tono de voz, repiten sus balbuceos y los invitan a turnarse. Las pantallas no pueden replicar esta reciprocidad fina. Esta es la razón por la que estudios como los de Christakis (2018, DOI: 10.1542/peds.2017-1758) subrayan que la presencia de pantallas en el entorno familiar, especialmente cuando interrumpen la interacción adulto-niño, se asocia con menor variedad léxica y menor tiempo de juego compartido.
A nivel práctico, la ciencia del 2025 ofrece recomendaciones claras: los niños menores de 18 meses deben evitar el uso de pantallas, excepto para videollamadas en compañía de un adulto. Entre los 2 y 5 años, el tiempo debe ser limitado, supervisado y orientado a contenido de calidad, siempre acompañado de interacción. Y más importante aún, los momentos esenciales del día —comidas, juego, rutinas de sueño— deberían mantenerse libres de pantallas para proteger el desarrollo de la comunicación y la regulación emocional.
Desde la terapia del lenguaje, el objetivo no es demonizar la tecnología, sino ayudar a las familias a usarla de forma saludable y compatible con el desarrollo neurocognitivo del niño. Cuando un niño presenta retrasos en lenguaje, el uso excesivo de pantallas suele ser un factor que conviene ajustar, ya que la intervención se basa en interacción directa, juego guiado, turnos conversacionales y modelado lingüístico. Optimizar el ambiente familiar —incluyendo los hábitos tecnológicos— permite que los avances de la terapia sean más rápidos y consistentes.
Si como mamá o papá notas que tu hijo habla poco, usa pocas palabras, responde poco a su nombre, tiene dificultades para mantener la atención o pasa demasiado tiempo mirando pantallas, es recomendable realizar una evaluación del lenguaje. La intervención temprana, combinada con un plan de uso saludable de pantallas, puede transformar significativamente la trayectoria del desarrollo comunicativo.














